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Spiegelman “Ya era hora que el museo consagrara al cómic y estuviera a la altura de Picasso”

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El padre de 'Maus', obra seminal que transformó el cómic, recala en Madrid a propósito de la retrospectiva del historietista George Herriman. En 'Público' repasamos su legado en autores de la talla de Joe Sacco, Seth, Chris Ware o Daniel Clowes.

Culturas

“Hay quien dice que soy el padre de eso que se ha venido a llamar novela gráfica”, confiesa el historietista Art Spiegelman sobre las tablas de un auditorio repleto de entusiastas del cómic. “Pues bien, yo exijo que me enseñen una prueba de paternidad”. Con estas palabras rompió el hielo este miércoles el padre de Maus, obra seminal que supuso la mayoría de edad para un género eternamente desdeñado. “Durante mucho tiempo se pensó que en los cómics solo se trataba de lanzar pasteles o de supervillanos, ahora se ven como un género y no sólo como un medio”.

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"Cuando el cómic se rebautizó como novela gráfica pasó a convertirse en cool"

Todo eso cambió en gran medida gracias Maus, obra que le hizo merecedor del único Premio Pulitzer concedido a un cómic y que, a la postre, se ha terminado convirtiendo en puerta de entrada al género para cientos de personas. “La mayoría veía los cómics como algo hecho para niños o adultos tontos, pero cuando se rebautizó como novela gráfica pasó a convertirse en la quintaesencia de lo cool”, comenta el autor con sorna. En efecto, el disfraz le vino que ni pintado al cómic para desprenderse esa pátina marginal. Pero no nos engañemos, el truco sigue siendo el mismo: “Los cómics no son más que tiempo y espacio convertido en imágenes”.

Comparece Spiegelman a propósito de la exposición Krazy Kat es Krazy Kat es Krazy Kat, retrospectiva de George Herriman (Nueva Orleans, 1880 - Los Ángeles, 1944), considerado como uno de los más importantes creadores del cómic estadounidense. Lo hace bajo un tremendo epígrafe proyectado: Las palabras y las imágenes chocan: ¿Qué %@&*! pasó con los cómics? Título que sintetiza su visión del cómic como una zona de batalla en la que el arte y el comercio, la alta cultura y la popular, la edad adulta y la infantil, la realidad y la fantasía, y sobre todo las palabras y las imágenes, chocan entre sí con especial intensidad.

"De la lucha entre lo mundano y lo elevado siempre han surgido las mejores ideas"

“De esa lucha entre lo mundano y lo elevado siempre han surgido las mejores ideas”, afirma Spiegelman. Una pugna que está en el adn del cómic y que, guste o no, ha tenido que ser la museografía la que le otorgue el carnet de arte con mayúsculas al aceptarlo entre sus vitrinas. “Ya era hora que el museo consagrara al cómic y estuviera a la altura de Picasso”, apostilla este teórico de la historieta para quien Herriman y su obra clave, Krazy Kat, evidencian que el cómic podía también atraer a un público inteligente. “Ese ladrillo que Ignatz lanza a la cabeza de Krazy Kat es también una encrucijada donde el arte alto se encuentra con el bajo”.

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“¿Qué coño pasó?”

Eso parece preguntarse Spiegelman. Las implicaciones que tuvo ese crudo relato llamado Maus sobre cómo sobrevivieron sus padres al Holocausto, ligeramente almibarado con la conversión de sus víctimas y verdugos en animales antropomórficos, todavía hoy reverberan. Múltiples son los autores que han hecho pública su deuda con la obra cumbre del autor de origen judío polaco. Entre ellos, Gregory Gallant (Ontario, 1962), el hombre al que el mundo del cómic conoce como Seth y cuyas viñetas —menos experimentales que las de Spiegelman— sigue su estela.

Con un estilo de narración autobiográfica y un tanto descarnada, Seth se desvincula de las historias de superhéroes que dominaban el cómic comercial a principios de los 90. Su obra clave, La vida es buena si no te rindes, exprime la capacidad del cómic como forma narrativa. Una ambición que, como el propio autor ha referido en más de un ocasión, se la debe a Spiegelman y su obra cumbre.

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Otro de esos ilustres viñetistas bajo la influencia de Maus es Joe Sacco. Su obra clave —Palestina— pese a contar con un dibujo preciso, duro, que en ocasiones puede emparentarle con el trabajo de Robert Crumb, encuentra su germen en Spiegelman. Como el propio Sacco refería en una entrevista para Jot Down, su atrevimiento por contar con las herramientas del cómic una realidad como la palestina fue recibido con cierto estupor: “Respondía a muchas preguntas semejantes a las que Spiegelman habría tenido que responder en su día, del tipo: Oh, estás hablando del conflicto palestino en un cómic, ¿en serio? Por eso mi respuesta siempre era la misma: Mira lo que Spiegelman hizo con Maus

Chris Ware hizo sus pinitos en Raw, la revista antológica de cómics que Spiegelman editaba junto a su mujer Françoise Mouly. Su intento por reflejar las complejidades de lo cotidiano y su fijación por el absurdo, confieren a sus historias una autenticidad fuera de lo común. Si durante mucho tiempo el cómic parecía ofrecer al lector mero entretenimiento, Ware es capaz de transmitir a sus personajes un buen número de emociones —aunque predomina la tristeza— y eso, en parte, también es gracias al legado de Spiegelman.

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Los personajes de Daniel Clowes ahondan en la idea de pertenencia. Cáusticos e incapaces de formar parte de algo, rehuyen del rebaño como de la peste. En sus historias, Clowes no se conforma con mostrar el reverso del zalamero sueño americano y va más allá; sus protagonistas ni siquiera lo anhelaron. El objetivo no es otro que poner palos en la rueda a ese dogma de la sonrisa Profident que nos incita a un optimismo obligatorio. Inestimable labor que vienen desempeñando un sinfín de artistas judíos desde la posguerra estadounidense; de Harvey Pekar a Spiegelman. 

Lo autobiográfico contado con sinceridad y pureza de sentimientos. Esas parecen ser las claves que convirtieron a Craig Thompson —y su clásica Blankets— en otro de los nombres propios de ese género rebautizado como novela gráfica. Una apuesta por la exhibición emocional que apenas contaba con precedente en el cómic de la época (empezó a crearlo en 1999). Supuso, junto a Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo, de Chris Ware, otra vuelta de tuerca al mundo del tebeo que imperaba en la época. 

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